Creo que a estas alturas, no es que ya se pueda hablar de la crisis económica española en la que estamos inmersos, si no que es una verdadera obligación y hasta un deber dentro de cada empresa, cada familia, cada municipio o cada país, ir haciendo un seguimiento continuado de su evolución, informar de las medidas que se adopten y analizar la situación de repercusión en cada momento.
Es la sociedad la que tiene que resolver la crisis económica, si no queremos que los gobiernos nos lo organicen unilateralmente, deberemos ser los individuos a través de nuestros sistemas de participación los que adoptemos las medidas que nos permitan llevarla lo más controlada posible, de forma que influya suave y no traumática en nuestras costumbres consumistas y destruya el menor número de empleo posible, tratando en todo momento de ir reconduciendo la crisis y no que la crisis vaya bamboleando y destruyendo nuestra convivencia.
En estos momentos de GRAVE CRISIS, en la que comenzamos a estar inmersos, creo que debemos pararnos todos a reflexionar sobre sus causas y sus posibles efectos, no ya a corto plazo cuyas consecuencias empezamos a sufrir, con la destrucción de empleo y crecimiento progresivo del desempleo, si no por las fatales consecuencias que podemos provocar si no corregimos nuestras malas costumbres hechas ya normas.
Esta hecatombe que se nos esta viniendo encima, ha sido consecuencia, sin lugar a dudas, de algunos delitos financieros, de implantación de la mentira en nuestros hábitos diarios, haciendo de ella algo normal y baladí en nuestra convivencia.
Del incumplimiento del deber en los controladores, de la avaricia en los sistemas crediticios y sobre todo del culto al dinero, que hemos conseguido introducir como casi único Dios de la humanidad.
Durante las últimas décadas todo ha girado alrededor del precio de las cosas
Se compraba y se compra, lo más barato, sin importar ni la calidad, ni el respeto a los derechos humanos de los productores.
Se adjudicaban y se adjudican por las administraciones y las empresas, los trabajos y servicios a las ofertas con mayor baja económica, sin tener en cuenta las características profesionales y éticas empresariales.
Hemos conseguido formar generaciones de universitarios cuyos estudios se eligen exclusivamente por la cuantía económica que puedan percibir con su titulación.
Se elegían y se eligen los bancos donde depositar nuestros ahorros, en función de los intereses que te pagaban y te pagan, sin considerar que el origen de la rentabilidad pudiese estar en activos fraudulentos.
Y en el mundo laboral lo único que importaba e importa es el jornal